¿Cómo puede contarse la vida de un hombre? Nadie mejor que nosotros mismos para contar nuestras propias vidas. De allí que los diarios, memorias y epístolas sean los documentos más queridos a la hora de reconstruir una vida. Pero... ¿cuán fieles son? ¿Cómo podemos confiar en el hilo consciente de una persona que tiene la parcialidad total de estar hablando de sí mismo? Es común la idea del papel como confesor por excelencia, mas la pluma puede engañar sin saberlo. La realidad siempre será infinitamente más compleja que la literatura, de eso no hay dudas. La literatura en realidad es sólo otra de sus complejidades. Un hilo narrativo jamás podrá ser fiel traductor del hilo consciente que mueve a un individuo, pues hay otros hilos -subconscientes, animales, psicóticos, externos, cósmicos- que afectan todos y cada uno de los actos de nuestras vidas.
Los esquemas generales nos sirven para trazarnos ideas de las vidas de los grandes personajes. Podemos decir rápidamente que Nerón estaba loco, Sócrates fue un sabio víctima de su idealismo, Kafka era introvertido... Vidas resumidas en sentencias, adjetivos, que no por ello distan mucho de la realidad, a pesar de cualquier revisionismo al cual queramos someterla.
Son sentencias con significado completo. Está blindada, por así decirlo. Una biografía contiene muchos más problemas. Una biografía conlleva riesgos para el escritor y para el lector. El escritor puede asumir su escritura desde un punto de vista objetivo e imparcial -imposible-. Pero a lo largo de su investigación, la confluencia de testimonios encontrados, imaginería, ficciones y sorpresas transforman al biografado en un amigo más de la casa, un compañero que va creciendo como el personaje de una novela, más del escritor que del resto de la gente, pues ningún otro lo ha conocido desde tantos puntos de vista. En el flujo de la escritura, por más controlada que ésta se encuentre, nos aparecerá ora grande, ora mezquino. El escritor será incapaz de lograr ordenar al biografado a lo largo del texto. Se le escapará muchas veces, pero si es lo suficientemente inteligente, podrá trazar una línea de retorno que es por completo subjetiva.
El lector se encuentra en semejantes aprietos. Las biografías son rompecabezas para armar. Y lo peor de las biografías de personajes contemporáneos, no tan viejos, es la mundanidad de los hechos. Las cosas parecieran ser casi reales, lejos de la ficcionalidad con la que abordamos a las Vidas Paralelas de Plutarco. Lo antiguo parece lejano e irreal. Lo actual nos suena, a pesar de que el tiempo no tiene nada que ver con la verdad, más real. Porque se hace eco de elementos, actitudes, tonos e imágenes que nos afectan a nosotros. Así que el lector de la biografía de un héroe contemporáneo logra establecer paralelos entre la vida del héroe con su propia vida y su entorno. No son analogías históricas, sino ecos directos, metonimias que resuenan en nuestras mentes.
Entonces ambos caen en la trampa: el juego de la empatía. El sumo detalle con la cual el biógrafo escribe, sumado a la fácil identificación de los elementos literarios por parte del lector, crea, necesariamente, empatía con la vida del hombre. A lo largo de las contradicciones de los hechos, los errores, las victorias, esta empatía se verá zigzaguear entre la antipatía y la simpatía. El personaje entonces está creado. La biografía, por lo tanto ha triunfado. Pues al final de una buena biografía -así como de un buen libro- siempre nos quedamos con esa suerte de felicidad y tristeza que viene del hecho de ser incapaces de resumir lo que sentimos. ¿Cómo resumir la vida del Che, después de leer a J.L. Anderson? Habrá momentos que nos impactarán, tendrá sus descollos de heroísmo y sus abismos de violencia, pero la narración fue capaz de suscitar emociones en el lector.
Sobre la verdad, se necesitarán todas las biografías escritas desde todos los puntos de vista y, sin embargo, la suma de todas ellas no será igual a la vida del hombre. Más interesante resulta establecer las diferencias entre los puntos de vista, las cuales nos hablarán del mundo en que vivimos, el mismo mundo en el cual vivió el personaje de la biografía.
Vuelvo al ejemplo del río: En Diarios de Motocicleta el cruce a nado es el clímax de la película. El bautizo del héroe. Jon Lee Anderson no menciona en absoluto el hecho -algo que cualquier biógrafo mencionaría- y además agrega que fueron los leprosos quienes cruzaron el río en una canoa para despedirse. ¿Cuál es la verdad? Le creo mucho más a Anderson que a Salles. En los diarios del Che tal vez esté la respuesta, aunque creo que es fácil adivinarla. La película intentó retratar a un Che sublime, romántico. La biografía sólo se remite a los hechos, mucho más ricos y complejos que cualquier ideal.
viernes, 5 de octubre de 2007
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