martes, 16 de octubre de 2007

Anderson decía que, a través de las conversaciones que ha sostenido con lectores suyos de diversa índole, de alguna manera estos lectores recordaban con facilidad detalles en lugar de grandes exposiciones o líneas narrativas. Confieso que, como lector y como espectador (en el caso del cine) siempre tengo una mejor memoria o quizás incluso hasta una preferencia estética por los detalles magistrales, esos momentos mágicos donde un libro o una película te absorben por completo y que por siempre recordarás.

Así sucede con la vida del Che… Llevo casi de la mitad del libro y, pese a que en mi mente se está trabajando una idea de quién era Ernesto Guevara de la Serna, con todas sus complejidades, siento que es un trabajo intelectual ajeno al libro, quizás incluso no desprovisto de una relación afectiva hacia el personaje. Me ha costado trazar líneas y, sin embargo, me divierto con las analogías, los detalles, esas riquezas de las que Anderson parece ser prolijo para con sus lectores.

Un ejemplo emblemático consiste en los encuentros de Guevara con cachorros. Son dos momentos separados a través de cientos de páginas. Anderson no hace comparación alguna entre ellos, pero en mí han encajado como piezas de un juego de espejos que pudiera ayudar a comprender a Guevara.

El primer cachorro ocurre justo antes de su primer viaje en motocicleta. Es el bautizado por el argentino como Come back. Este cachorro lo llevaba el Che al salir de Buenos Aires rumbo a Miramar para dárselo a la Chichina, su amor adolescente. En la imaginación del Che, el cachorro era un ovejero alemán que se convertiría en un “símbolo de los lazos que exigían su regreso”. Chichina aceptó al cachorro, pero sabía que el perrito era un ordinario “cacri”, según diríamos en Venezuela. Además, Chichina no prometió que lo esperaría. El cachorro entonces no cumplió su objetivo. Fue un pequeño fracaso amoroso, un desengaño que más tarde comprobaría cuando Chichina termina con él a través de una carta que le llega a Bariloche. Ernesto siempre como el soñador, el individuo que ve en las cosas una grandeza que los demás ignoran y desprecian.

El segundo cachorro aparece en una de las travesías del Che y sus hombres en la Sierra Maestra, casi seis años después del anterior animal. Como siempre, los hombres iban en silencio, siguiendo a un cuerpo de soldados que iba delante de ellos. Descubrieron que un cachorro los iba siguiendo. El perrito empezó a aullar, trataron de callarlo, nada funcionaba. El Che ordenó su muerte. La orden fue ignorada. Todos permanecieron en silencio. La tropa hacía un círculo alrededor del cachorro y Félix, uno de los guerrilleros, caminó hacia el centro. Sacó una soga, la anudó al cuello del animal y lentamente lo estranguló. El Che relata con gravedad:

“Los cariñosos movimientos de su cola se volvieron convulsos de pronto, para ir poco a poco extinguiéndose al compás de un quejido muy fino que podía burlar el círculo atenazante de la garganta. No sé cuanto tiempo fue, pero a todos nos pareció muy largo el lapso pasado hasta el fin. El cachorro, tras un último movimiento nervioso, dejó de debatirse. Quedó allí, esmirriado, doblada su cabecita sobre las ramas del monte.”

La noche de ese día, se refugiaron en una aldea abandonada, donde cocinaron un cerdo y un poco de yuca. En la casa donde estaban había un perro que se les acercó mientras comían. Félix le arrojó un hueso, el cual el perro cogió. Félix le puso la mano en la cabeza y el perro lo miró. El Che cuenta que tanto él como Félix experimentaron “una conmoción imperceptible. Junto a todos, con su mirada mansa, picaresca con algo de reproche, aunque observábamos a través de otro perro, estaba el cachorro asesinado”.

Pudiera agregar “y los ojos de Come back”, pero sería colocar pensamientos en la mente del Che que nunca sabremos si los tuvo. Sin embargo, apartando la arbitrariedad con la que he seleccionado los trozos, podemos observar el cambio en las personas. El Ernesto de 1952 hace un gesto cursi para una enamorada, el cachorro es un símbolo de unión, existe toda una carga afectiva y sentimental en él. Llevar a un cachorro hasta Miramar había significado una molestia que bien podía ser llevada por el amor que le tenía a Chichina, a pesar de las protestas de Granados. El Ernesto de 1957 está en el monte, en guerra, su vida peligra y al parecer los cachorros ya no conquistan corazones. El cachorro es un estorbo para el bien mayor que es el triunfo. Todo militar aspira al triunfo. Además, está la supervivencia. El pragmatismo de Fidel ya inundaba el aura idealista del Che. También es curioso que al final, el Che sienta culpa. El sacrificio del cachorro es en parte una venganza del rechazo sufrido por parte de Chichina.

En ambos casos el cachorro es un mensaje. El primero es de amor, de pertenencia. El segundo es de severidad, de coraje. Qué curioso que el coraje de un hombre se demuestre con la muerte de un cachorro. No sé si en realidad todo esto existió en el momento, sin embargo la manera como es incluido en el libro de Anderson es inevitable que impresione al lector. La enumeración de muertes humanas es tan vasta que la muerte de un simple cachorrito es la que nos enternece. Eso dice mucho de mí como lector, de la sociedad contradictoriamente ingenua y violenta en la que vivimos. Ingenuidad y violencia. Tal vez estas dos palabras sirvan para describir una parte del Che. Una parte, no todo.

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