sábado, 29 de septiembre de 2007

Terminé de leer Del Buen Salvaje... Por supuesto ningún libro contiene toda la verdad. El principio filosófico de la verdad es que, por excelencia, es inagotable. Muchos se acercan pero nadie la domina, la posee. El libro intenta y logra atinar ciertos puntos y tópicos. Un acierto por ejemplo es la teoría del Buen Salvaje, como mito político europeo que a la vez nos observa, nos explica y nos afecta. Otro acierto es su análisis del desarrollo político de Latinoamérica, en especial su seguimiento de la historia del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y cómo influye en los movimientos socialdemócratas del resto del continente en oposición a la corriente leninista de la Tercera Internacional. Los fragmentos dedicados a Argentina pueden ser leídos como una tragedia, más aún hoy después de los años de Menem y el Corralito...

Pero Rangel se equivoca (o más bien, suena más a escándalo que a ensayo) cada vez que se enardecen sus pasiones. Sus párrafos más vehementes son sin duda los más contundentes, mas cuando meditamos sobre ellos pensamos si de verdad ha sido una idea pensada o una ráfaga de ira. Rangel fue educado en Estados Unidos y Francia y sin lugar a dudas se movía en un círculo internacional. Sin embargo, en su reflexión sobre los Estados Unidos, si bien el relato completo es coherente y fiel a la verdad, viene cargado con una serie de sentimientos muy intensos. Primero, es que Rangel se defiende mediante el ataque. Creo que lo escribió pensando en que sus lectores estarían en contra de los Estados Unidos y que de alguna manera debía encararlos. Hoy, el capítulo se lee con menos pasiones y ciertos argumentos han perdido fuerza y se escuchan hasta infantiles (como la anécdota de la familia de su compañero de cuarto... una anécdota tan extraña en el contexto del libro que llama la atención y habla mucho más del escritor que de sus ideas). Es en el adjetivo que Rangel se nos vuelve oscuro y hostil.

En cierta medida acorrala al lector en un callejón sin salida: ser latinoamericano es poseer una cantidad de pecados originales casi infinita de los cuales al parecer jamás nos libraremos a pesar de cuantas libaciones (estudios en el extranjero, cultura, activismo político, religiosidad) nos hagamos. Pero no es tan fácil, pues renegar de Latinoamérica se convierte en una extravagancia frívola (inolvidable la referencia a las manos de marqués de Ruben Darío). La gravedad fundamental es que no hemos aprendido a ser occidentales, sino que hemos tomado las porciones más livianas de la civilización y con ellas hemos confeccionado disfraces de fieltro con los cuales salir a pasear por las plazas.

Recuerdo la frase de Heráclito de Éfeso: "A todos los hombres les es posible conocerse a sí mismo y ser sabios", el principio de la democracia ateniense. Democracia con esclavos, por supuesto. La sabiduría como potencia de todos, pero acto de pocos. ¿Quién puede decir "en este momento soy sabio" o "ese hombre que va allí, es sabio" sin caer en el orgullo, la vanidad o la adulación? Un maestro hinduista decía que todo hombre debía conquistar las riquezas materiales de la vida (trabajo, esposa, hijos, poder, tierras, salud y dinero) para luego renunciar a todas ellas y dedicarse a conquistar las riquezas espirituales (la filosofía). Más o menos como el ciudadano de Babilonia de Borges, que ha vivido todas las vivencias del hombre, la única manera de llegar a la sabiduría. Y... ¿para qué? El deseo de la potencia en ser transformada en acto. Debería leer más a Aristóteles.

¿Podrán los latinoamericanos llegar a ser sabios? ¿Conocernos a nosotros mismos?

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