Dicen que los soñadores son invenciones de la era romántica, de una sensibilidad particular nacida después de la Revolución Francesa y templada con la música de Beethoven y las noticias de las campañas napoleónicas. El hombre ensimismado, silencioso, que establece un contacto misterioso e íntimo con la naturaleza, con Dios, con los hombres. Un contacto que no requiere palabras esencialmente, sino que se basa en una comunión espiritual, mística, ejercida a través de la contemplación, la reflexión y el aislamiento. Cuando estos tres factores se unen, aparece lo sublime, como experiencia última del ser humano. Descubrir la belleza -o el horror- puros, absolutos, que están escondidos en las siluetas de las cordilleras, las aristas de las piedras, las cadencias del andar de un caballo. Recordamos los versos arrebatados de Goethe, la soledad de las pinturas de Caspar David Friedrich, la frivolidad científica del terror gótico.

Por otra parte, todo héroe romántico está en crisis consigo mismo. Posee un miedo a los localismos, a la pequeñez, a lo temporal. Desea forjar un destino universal, inmenso y eterno. De allí que el viaje como mecanismo de alcanzar un estado de madurez espiritual y personal. Es un peregrinaje, una cruzada, el camino a Jerusalén. Los viajeros de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX -recordemos a Humboldt, la vida aventurera de Lord Byron, o al propio Bolívar-en cierta medida agregaron un componente idealista a la carga religiosa y mística que poseía el viaje durante el Medioevo. Ernesto Guevara de La Serna, 'el Che', participa de esta tradición y se convierte en el primer viajero sudamericano por Sudamérica -Humboldt recorre casi los mismos sitios, pero su visión es la de un barón alemán; los verdaderos viajes de Bolívar fueron hechos en Europa, su posterior recorrido por América fue una campaña bélica- (aún así, debo revisar esta aseveración, que resulta en cierto modo temible). Incluso, el Che sirve de inspiración al personaje actual del mochilero, joven que se lanza a recorrer el mundo -que sin las ventajas de la globalización jamás habría podido salir siquiera de su ciudad.

La película Diarios de Motocicleta es la reconstrucción de este viaje. Las prístinas cumbres de los Andes argentinos, la ferocidad atroz del Atacama, los vertiginosos valles y desfiladeros del Perú, la insondable selva Amazónica... son todos elementos de los cuales vemos una triple carga simbólica: primero, el desierto en el cual estuvo el Che, descrito en sus diarios, donde vivió "la noche más fría" de su vida y sin embargo se sintió más cerca de los hombres; luego está el desierto como escenario de los hechos narrados en la película, donde Gael García Bernal de hecho camina mientras es filmado y revive las emociones del Che; y finalmente, el desierto que nos llega a nosotros, espectadores, cargado de capas semióticas a las que añadimos las de nosotros mismos. Es por ello que, si aceptamos a la película como narración y aceptamos el trato con el narrador (¿quién es el narrador de una película? ¿el director? ¿los actores? ¿el DVD que nos la muestra?), podemos experimentar cierta parte de lo sublime al ver la película. Podemos imaginarnos que, en efecto, el Che cambió en el viaje. Podemos emocionarnos al verlo cruzar el río. Podemos enfurecernos ante las injusticias de la América Latina.
Pero, ¿son todos esos sentimientos reales? La sublimidad de la montaña, ¿está en la montaña o en nuestras mentes? Sé que estoy entrando en terreno semiótico, del cual no soy digno, pero me llama muchísimo la atención el funcionamiento de la película. Y, por supuesto, más allá, el funcionamiento del testimonio narrativo de la vida del Che. Más que el propio hombre, más que el propio Che, nos queda es el testimonio. Sus restos (no sé si enterrados en Bolivia, pero aquellos que fueron mostrados como un Jesús crucificado ante las multitudes) rinden cuenta del destino final del hombre: la muerte. Su biografía estricta habla de una frustración, incluso de una manipulación. Son sus memorias las que refieren a un ideal, a un heroísmo. Y la película, aunque hace atisbos tímidos a las otras lecturas del Che, es básicamente la vida memoriada, imaginada del Che -y por el Che, lo cual es aún más maravilloso.
Cuando el Che cruza el río a nado, las relaciones entre naturaleza, sociedad y héroe, tal y como son concebidas por el Che (por supuesto, esto es un constructo, pues el verdadero hombre se ha perdido en las construcciones de su imaginación, en la imaginación de quien las relee en la película y en la imaginación de quienes menos pasiva que activamente la vemos). La observación de que el río divide a sanos y a enfermos -aunque sea obvia- adquiere rasgos sublimes para el Che. El río viene a ser una metáfora entre vida y muerte, salvación y condena, riqueza y miseria, sabiduría e ignorancia. Ahondando en la metáfora, la imagen del río resulta incluso más polémica de lo que puede parecer: la barrera no es artificial, no es un muro construido por los hombres, sino una separación hecha por la naturaleza. Pareciera que el río ha estado allí desde el principio de los tiempos, dejando a los desafortunados del otro lado. El río es la brecha entre las sociedades, la desigualdad. El hospital de leprosos es en cierto modo un microcosmos, un espejo del mundo, el parque de juegos donde el Che practica y ensaya su idealismo. El Che vence al asma y al ímpetu del río, a las normas rígidas de ese microcosmos, a la lógica, al miedo.
Quizás exista en psicología algo que explique a un acto como el que hizo el Che. El cruce a nado no curó enfermo alguno, ni unió a las colonias, ni cambió el forma alguna el orden del cosmos. Un acto meramente demostrativo. Discutía con algunas personas el significado del cruce más allá de la metáfora, sino como acto político. Me señalaban que en medio de la selva amazónica no había persona alguna, salvo un puñado de leprosos y monjas, que observara aquél acto descabellado y magnánimo. La acción no había sido hecha para encantar o cautivar a las masas, si se compara con los gestos altruistas y falsos que vemos en las campañas políticas -candidatos besando viejitas y cargando niños. Su destinatario habían sido únicamente las personas al otro lado del río: les hizo sentirse importantes, que alguien quería estar con ellos. Señalé que precisamente los candidatos besan viejitas y cargan niños por ello mismo: para hacer sentir importante a la viejita y a la madre del niño. No importa quien los vea, son dos votos más. La falsedad de los hombres no es consciente, sino que se usa a la razón para conferirle grandeza. La discusión se enardeció pues también agregué que el hecho es sencillamente una película y las películas son hiperrealidades, más intensas que lo vivido.
Hay un consenso al parecer general en decir que el Che era un alma justa y buena. No es que esté interesado en destruir tal imagen, ni que sea incapaz de creer en la bondad de los hombres. Prefiero las interpretaciones literarias que las morales. Y, sin embargo, toda interpretación es el ejercicio de cierta moralidad (¿no es acaso la estética, al fin y al cabo, una ética del estilo?).


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