Encuentro revelador el capítulo referente a la Iglesia Católica en Del Buen Salvaje… El proceso de evangelización como continuación de una avanzada de contrarreforma que separó a España del resto del continente. La Iglesia Católica sin lugar a dudas constituyó “el cerebro y el espinazo de la sociedad latinoamericana”.
Hay frases terribles, escandalosas: “la participación primordial y ductora de la Iglesia en la creación y mantenimiento de una sociedad tarada” (p. 200) o más adelante: “La actitud de los jesuitas hacia los indígenas era la de adultos encargados de la guarda y custodia de menores permanentes, de niños de quienes no se suponía ni esperaba que llegarían nunca a la edad adulta, a la razón y a la madurez. Los ‘neófitos’ (como se les llamaba) no recibían ningún estímulo hacia la responsabilidad, sólo hacia la obediencia. ¿No es ésta la realización, tan perfecta como será jamás posible, de una especie de ‘ciudad de Dios’ en la tierra, o República platónica?” (p. 215).
En contraste con el catolicismo, la Iglesia Protestante aparece como fundadora de los cimientos religioso-cívicos de la democracia en los Estados Unidos. Los puritanos del Mayflower venían al Nuevo Mundo a ser granjeros libres y a ejercer libremente su culto, diferenciándose de los principios monárquicos de la Iglesia Católica y de los autoritarios de la Iglesia Anglicana. La moral protestante también sobresale como mucho más ‘cristiana’ que la moral católica. Leemos en la página 204:
“Con todas las imperfecciones, claudicaciones, complicidades, y todo otro género de bajezas y comportamientos inmorales, llegando a lo delictivo, que se pueden señalar como corrientes y con frecuencia impunes en los EE.UU., esa impunidad es menos probable allí que en ninguna otra parte (salvo tal vez Gran Bretaña y los países escandinavos, también protestantes); y que la sociedad norteamericana es obviamente mucho más capaz que la sociedad latinoamericana de hacer potencialmente o actualmente costosos para los transgresores, aquellos comportamientos mediante los cuales dichos transgresores demuestran no ser lo que aparentan.
Esto es lo crucial. La sociedad latinoamericana (católica) se satisface fácilmente con las apariencias (apariencia de buena conducta, apariencia de responsabilidad familiar y paterna, apariencia de talento, apariencia de probidad, apariencia de erudición, apariencia de patriotismo, apariencia de radicalismo revolucionario, apariencia de heterosexualidad, apariencia de religiosidad). A la vez, la sociedad latinoamericana ha sido muy estrecha en cuanto al abanico de comportamientos ostensibles admitidos, y de hecho es por influencia norteamericana que los latinoamericanos nos hemos hecho, recientemente, un poco más tolerantes de comportamientos heterodoxos.
Por contraste, la sociedad norteamericana (protestante) aparece en la práctica muchísimo más exigente de cumplimiento, en la práctica, de lo que cada cual pretende ser. Y es, por cierto, en esa exigencia, que es razonablemente efectiva, donde reside en gran parte la confiabilidad y la productividad de una proporción de la población norteamericana suficientemente importante como para ser determinante, sobre todo entre los grupos que colonizaros las regiones protagonistas de lo esencial del liderazgo y del dinamismo norteamericanos.”
Cada párrafo es como una espina que se te entierra en la carne. Hay un dicho llanero que dice: “la mejor palabra no se dice”. En Venezuela todos nos guiamos por ese dicho. Las verdades jamás se dicen. Hay otro dicho que sale al rescate: “el que tiene rabo de paja que no se acerque a la candela”: quien empiece a sacar verdades saldrá peor que el acusado. “Cachicamo diciéndole a morrocoy conchudo”. La cultura del sapeo.
Tuve la oportunidad de vivir en un país escandinavo que tiene muchos defectos y fallas, pero, en general, es una sociedad que vive de acuerdo a una serie de valores innegociables que favorecen la verdadera calidad de vida de las personas. Muchos de ellos son la honestidad, la paz, la prudencia, el respeto. Extraño el respeto, sobre todo.
La cuestión es que las características de una sociedad, las más abyectas y deleznables, duelen a todo el que forma parte de esa sociedad, pues proyectamos esas fallas en nosotros mismos y las reconocemos con horror. Una parte de nosotros se niega a aceptarlas, porque afirmarlas sería casi como ofender a personas cercanas, queridas, en las cuales uno observa casi con tristeza tales fallas. ¿Cuándo llegará el día en que en lugar de ofendernos podamos decir con valor “disculpe” y corrijamos el error?


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