He llegado al capítulo sobre la “guerrilla salteña” en la biografía escrita por Anderson. Confieso que al principio pasé muchas de las páginas sin leerlas, pues Anderson como siempre expone toda la panoplia de su abultada investigación, en las cuales los detalles son lo más importante. Pasé estas páginas de manera muy rápida también por la escasez del tiempo que me queda para terminar de leer la biografía y proceder a dejar las anotaciones marginales, elucubraciones conspirativas y devaneos espirituales y de una vez por todas hacer el proyecto. Sin embargo, al llegar al final del capítulo, sentí que había dejado pasar uno de los momentos más especiales de la biografía, pues recordé que, al parecer, Anderson había sido explícito en muchas cosas que nunca antes otro escritor había detallado tanto. Por ello las releí, como también releo poco a poco todo lo que fue el año 1958, durante el cual se fraguó la victoria de la Revolución. Hoy me detendré solamente en Argentina.

La decisión del Che de apoyar un foco guerrillero en Argentina, discurre en varios niveles. Mencionábamos antes a Régis Debray y la problemática de cómo hacer triunfar a la Revolución: a través de las armas o a través del partido. En esos mismos momentos ocurría el cisma entre Moscú y Pekín, motivado por razones ideológicas, geopolíticas, históricas que van más allá de mis intenciones en este momento. Lo que resulta claro es que Guevara, a partir de los viajes que realizó a Rusia donde observó el status de la burocracia soviética y la diferencia con respecto al pueblo común, y sobre todo después de la crisis de los misiles, donde la Unión Soviética tomó decisiones que afectaban a Cuba sin consultarlas con ellos, ejerciendo al máximo su poder imperial, comenzó a dudar de la infalibilidad de Moscú. Muchos observaron que su tesis del foquismo, explicitada en La Guerra de Guerrillas era de corte sumamente maoísta, incluso trotskista, lo cual separaba al Che del dogma soviético.
El Che era acérrimo partidario de su propia tesis, la cual era para él una suerte de descubrimiento científico. Creía que el éxito de la Revolución Cubana podía ser repetido en otras partes de Latinoamérica. En su artículo llamado “Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista”, publicado el 9 de abril de 1961 en la revista Verde Olivo, expone la verdad científica a la cual había llegado a través de métodos empíricos: “la cura para los males del hombre, era el marxismo-leninismo, y la guerra de guerrillas era el medio para alcanzarla” (Anderson, 479). El médico argentino finalmente, tras diagnosticar a América durante todos sus viajes, experimentar en Cuba y comprobar su éxito había emitido la fórmula de una vacuna.
Entonces comenzó una campaña de apoyo a movimientos insurgentes por toda Latinoamérica. Al principio no tuvo control directo sobre ellos, sólo ayudaba con armas y logística. Es a la vertiente guerrillera en Argentina, donde concentra por primera vez sus esfuerzos de manera directa, aunque no presencial. De todos los países de Latinoamérica, ¿por qué empezar por Argentina? Básicamente, porque el Che era argentino. Le dolía su nación. Tenía conocimiento sobre la geopolítica, idiosincrasia y estructura social de su país. Podía establecer contactos rápidos con personas como Ricardo Rojo, amigos de infancia que conocían de primera fuente la situación política de la Argentina. Es decir, había características de naturaleza práctica que conducían la escogencia de Argentina como destino del primer foco guerrillero bajo las estrictas órdenes del Che, por así llamarlo.
Pero Anderson también nos recuerda lo casual de la ubicación geográfica de la penetración guerrillera: la provincia de Salta. Esa provincia había sido visitada por el Che durante su primer viaje en motocicleta por Argentina, en el año 1950. La provincia era una de las más atrasadas de Argentina, cuya población era mayoritariamente indígena y los terratenientes controlaban la mayor parte de la actividad económica. Fue uno de sus primeros contactos con los problemas sociales de su país. En efecto, en relación a los descamisados, “por primera vez, Ernesto dejó de verlos como sirvientes o símbolos; había viajado con ellos” (Anderson, 71). Por lo tanto existía una conexión personal entre el Che y Salta, al formar parte de su propia experiencia la injusticia de la sociedad provinciana. Lo importante, como hace entender Anderson, es que este análisis no es hecho posteriormente por quienes estudian a Guevara, sino fue una reflexión del propio Guevara: siempre buscando de entre sus anécdotas, vivencias y lecturas la motivación de todas sus actividades. Eso típico del argentino que ya decía Cortázar: “vive mucho, lee mucho y después, escribe todo”. Pareciera entonces que las decisiones políticas del Che maduro vienen condicionadas por el deseo de consumación de fantasías muy preciadas de su juventud. Todas esas fantasías contribuían alimentaron sus futuras tesis. La vertiente guerrillera llegó a Salta a través de Bolivia. Recordemos que el Che creía firmemente en la idea de hacer de la Cordillera de los Andes la Sierra Maestra de la Revolución Latinoamericana. Y Bolivia, el ombligo de la cordillera andina, sería el centro de todas las operaciones. Conclusión a la cual no había llegado recientemente, sino una idea con la cual ya se regodeaba desde su viaje a la región durante 1953 con su amigo Calica. Vemos entonces esta característica particular de Guevara: una especie de sentido hermético de su propia vida, en la cual los caminos trazados al principio son cerrados al final, el destino trascendental.
Por último, Anderson también nos sugiere que posiblemente el Che añoraba volver a la Argentina. Estando en Punta del Este en agosto de 1961, el Partido Socialista Argentino le ofreció una candidatura para las elecciones legislativas. La conversación que sostuvo en ese momento con Julia Constela de Giussani, quien le hizo la propuesta, deja entrever que la razón de su respuesta negativa fue menos su compromiso con la Revolución Cubana que las diferencias estratégicas que poseía con el partido respecto a la toma del poder (Anderson, 488). Sin embargo, la oferta tal vez haya desencadenado en el propio Che una nostalgia a su tierra natal. Anderson, a través de muchos ejemplos y anécdotas nos da un atisbo a la verdadera vida del Che burócrata durante esos años en Cuba. “A pesar del mito póstumo que se creó en Cuba, el Che se diferenciaba de casi todos cuantos lo rodeaban” (Anderson, 538). Argentino de humor filoso, introvertido, moralista santurrón, carente de oído musical para el baile, abstemio, adicto al mate, cruel y austero difícilmente encajaba en la alegre y liviana cultura caribeña cubana. Sus únicos amigos eran precisamente los argentinos a quienes durante los primeros años de la Revolución Cubana fue convocando, amigos de infancia y de la vida, u otros que llegaron por sus propias voluntades, atraídos por el éxito de su compatriota. En definitiva, había también un saudade, un rimpianto en la decisión de Guevara de crear la guerrilla salteña.
Anderson nos relata la comedia de errores que fue la acción del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), el nombre que recibió la vertiente, en Salta. Gran parte del fracaso se debió a la personalidad paranoica de Jorge Ricardo Masetti, ex-miembro de la ultranacionalista y antesimista Alianza Libertadora Nacionalista. Anderson cierra el capítulo así:
"El fracaso de la guerrilla en Salta significó para el Che un momento crucial. Una vez más, hombres 'buenos' pero inexpertos habían sido incapaces de poner a prueba sus teorías de la guerra de guerrillas. Por consiguiente, le incumbía a él demostrar la efectividad de sus ideas. Así como la Revolución Cubana había contado con un Fidel como caudillo para reunir y aglutinar las distintas fuerzas revolucionarias en una máquina de combate eficaz, el éxito de la revolución continental dependía de la presencia física de un dirigente conocido: él mismo" (Anderson, 559)





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